Arnaldo Otegi se vislumbra como la única persona capaz de
generar consenso y aglutinar posturas para avanzar en el proceso de
transformación definitiva de ETA y asentar el proceso de paz.
Si
no se quieren repetir los errores del pasado, todos debemos abandonar
posturas sectarias y radicales, y dejar de poner palos en la rueda de la
paz con estrategias políticas, mediáticas y judiciales centradas en
dividir más que en sumar.
El pasado 1 de marzo salía
de la cárcel de Logroño Arnaldo Otegi. La lluvia de improperios contra
su persona no tardó en llegar, todos querían dedicarle unas palabras.
Nombres de peso de la política nacional se apresuraban en formular sus
primeras críticas feroces contra el líder de la izquierda abertzale
y de paso contra cualquiera que se pusiera “de su lado”. Figuras del
pasado -de la era del bipartidismo más rampante-, aunque también del
presente.
Resulta sorprendente como el líder de Ciudadanos ha caído tan
rápido en este viejo juego, protagonizando uno de los rifirrafes más sonados de la semana en torno a la excarcelación de Otegi. Una muestra más de que a veces lo nuevo no lo es tanto.
El objetivo era claro: deslegitimar la figura política del líder abertzale
y, ante todo, su creciente perfil fuera de casa como “hombre de paz”
-algo inaceptable e insultante para algunos- dinamitando su imagen. Es
el juego fácil -el de siempre- anclado en el pasado. Pero no es lo que
toca. Toca de una vez por todas mirar al futuro, a la paz y la
convivencia.
Otegi, secretario general de Sortu, salía de prisión
tras cumplir íntegramente la condena de seis años y medio de prisión por
intentar reconstruir Batasuna en el conocido como caso Bateragune.
Protagonista de una terrible contradicción por la que cumplía condena
por formar un partido político que hoy en día sería legal. Ello le ha
valido el apoyo de importantes personajes internacionales como Desmond Tutu, José Mújica y Ángela Davis, o Eduardo Madina en el plano nacional, que pidieron públicamente su salida de prisión. Hasta Baltasar Garzón,
responsable de ordenar su ingreso en prisión incondicional, expresó que
no debería seguir en prisión y que “tiene la posibilidad de hacer mucho
más por la paz fuera”.
Considerado como uno de los
actores clave en el fin de la violencia de ETA, Otegi ha vuelto a la
vida pública con la autocrítica como eje de su discurso y con la
voluntad de llevarla “hasta el final, porque nos lo exige la gente”.
Asume el liderazgo de Sortu en uno de los peores momentos de la
formación tras los malos resultados acumulados en las elecciones
municipales del 24-M y en los pasados comicios del 20-D. Dos batacazos
electorales que mucho tienen que ver con la pesada mochila que carga a
su espalda la izquierda abertzale: la violencia. Algo que pesa mucho y que muchos han criticado por su falta de respuesta clara.
La izquierda abertzale
necesita poner fin a dos lastres que lleva consigo: el desarme y los
presos. El primero entró hace tiempo en vía muerta dada la falta de
involucración del Gobierno central, algo insólito y que nunca había
ocurrido antes en un proceso de paz. El segundo no causa menos
quebraderos de cabeza. La formación política se ha topado con la
oposición de ciertos colectivos de presos y de apoyo a estos -como
Amnistia Ta Askatasuna (ATA)- que no parecen dispuestos a asumir la
legalidad penitenciara y su aplicación individualizada. Tampoco la
política penitenciaria del Gobierno lo pone fácil.
Otegi, en su primera entrevista tras
su excarcelación, no esquiva el tema de la violencia y reconoce una de
las cosas que más le pesa: “teníamos que haber sabido interpretar antes
la necesidad que tenía la gente de acabar con la confrontación armada”.
Pone en valor la autocrítica que, lejos de ser un signo de debilidad -en
clara alusión a los sectores más radicales de los presos-, fortalece la
honestidad de los dirigentes políticos y de sus proyectos. Tampoco
elude hablar de las víctimas y de la convivencia.
Son
sorprendentes estas palabras tan directas. Muestran a un renovado Otegi
con un discurso fundamentado -consciente de la expectación que genera- y
que deja entrever un proceso de transformación y evolución en sus
planteamientos, fruto de la elaboración personal y de enfrentarse con su
pasado. Y aunque a nivel nacional no se quiera ver, su salida de
prisión ha generado un gran interés internacional de cara al proceso de
paz y al desarme definitivo de ETA. El New York Times publicaba
el 29 de febrero una entrevista al líder abertzale en la que le
definían como la persona con la credibilidad necesaria como para liderar
el desmantelamiento de ETA. ¿Podría este renovado Arnaldo Otegi liderar
la transformación definitiva de ETA?
Desde luego Otegi se postula como el único posible “salvador” de la izquierda abertzale.
Y así lo ha demostrado. Líder carismático indiscutible, los suyos
decidieron mantenerse en compás de espera -huérfanos- esperando su
salida de prisión. En su primer gran acto público el
pasado sábado superó toda expectativa reuniendo a más de 13.000
personas en el estadio de Anoeta. La elección del lugar no es casual.
Fue allí donde en 2004 Otegi empuñó una rama de olivo como símbolo de la
voluntad de apostar por la paz.
Hoy reaparece en la vida política vasca
con la intención de liderar ese camino hacia la paz desde la izquierda abertzale. Aunque debe hacer frente su inhabilitación para
ejercer cualquier cargo institucional electo hasta 2021. Algo
contradictorio, que no deja de generar un conflicto con los valores
democráticos ya que, a pesar de ser un actor político de primer orden en
la vida política vasca, no podrá optar a la Lendakaritza en las próximas elecciones ni a ningún otro cargo político institucional.
Respecto del proceso de consolidación definitiva de la paz, Otegi se
vislumbra como la única persona capaz de generar consenso y aglutinar
posturas para avanzar en el proceso de transformación definitiva de ETA y
asentar el proceso de paz. Para muchos es la única esperanza de que las
cosas avancen, visto el bloqueo institucional. Aunque de momento son
mayoría los que se niegan a aceptar la capacidad de evolución y cambio
en el pensamiento humano y que siguen viendo en Arnaldo Otegi al
terrorista.
Hasta tomar la debida distancia
geográfica y/o temporal parece que no lograremos darnos cuenta del papel
que Otegi está llamado a jugar en este proceso de paz estancado
irremediablemente. Es necesario cambiar el relato en torno a su persona
para normalizar la vida política vasca. No podemos seguir anclados en el
odio y en el pasado, es el momento de construir en positivo en favor de
la convivencia. Si no queremos volver a repetir los errores del pasado,
todos debemos poner de nuestra parte, abandonar posturas sectarias y
radicales y dejar de poner palos en la rueda de la paz con estrategias
políticas, mediáticas y judiciales centradas en dividir más que en
sumar.
Y como dijo Mandela, “Si quieres hacer las
paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se
vuelve tu compañero”.


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