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jueves, 30 de junio de 2022

EL PARTIDO DEMÓCRATA DE EEUU ALARMADO POR LAS ENCUESTAS, LOS ESTADOUNIDENSES RECHAZAN LA POLÍTICA DE BIDEN

 

EL PARTIDO DEMÓCRATA DE EEUU ALARMADO POR LAS ENCUESTAS, LOS ESTADOUNIDENSES RECHAZAN LA POLÍTICA DE BIDEN *

 El índice de aprobación pública del presidente Joe Biden ha disminuido constantemente durante las últimas cuatro semanas. 

Según una encuesta conjunta de Reuters/Ipsos realizada el 22 de junio, solo el 36% de los estadounidenses encuestados apoyan a su presidente. 

Estos resultados son una condición previa para que su Partido Demócrata pierda el control de al menos una cámara del Congreso estadounidense en las elecciones intermedias del 8 de noviembre. 

  Analistas estadounidenses rebelan que hay pesimismo sobre los acontecimientos que están ocurriendo, que lejos de solucionar los problemas del país los está cronificando. 

El exsecretario de Estado Mike Pompeo expresó la opinión de que los ayudantes y asesores radicales del presidente de los Estados Unidos lo aislaron de temas relacionados con los problemas actuales de los estadounidenses. 

Esta fue la causa de los problemas en la política de Biden, cree.  

Así mismo, el presentador de televisión Greg Gatfeld dijo en Fox News que Biden no terminaría hasta el final de su mandato presidencial, esta conclusión se hizo en el contexto del aumento de los precios del combustible y otros problemas socioeconómicos que llevaron a una fuerte caída en la calificación del líder estadounidense.  

 La popularidad de la administración sionista de Biden ha caído también en medio de su decisión de activar la OTAN para lograr el bloqueo económico de Rusia, teniendo como consecuencias el efecto bumerán…  

Inflación, aumento de los precios de los combustibles... 

Así, USA Today informó el 18 de junio que la gran mayoría (71%) de los estadounidenses cree que Estados Unidos se está moviendo en la dirección equivocada. 

 Biden en su demencia senil, se cree el scheriff del mundo, llevando al planeta a una confrontación económica y militar que puede desembocar en una tercera guerra mundial… haciendo sufrir a su propio pueblo y paradójicamente fortaleciendo a Rusia; lo más grave de todo, es que sin haber cerrado el problema Rusia-Ucrania, está abriendo un nuevo frente bélico con China y Corea del Norte, lo que podría producir el hundimiento total de la economía, muerte y hambruna; recordemos que EEUU es el País más endeudado del planeta, y su principal acreedor es nada menos que China, que si este País decide aprieta una tecla, puede producir un colapso económico mundial sin que exista guerra.

 La situación real es que el volumen de problemas que enfrenta EEUU ha provocado una crisis moral en la Casa Blanca, con Biden y sus ayudantes frustrados por su propia incapacidad para cambiar el rumbo, añadido con el escándalo de su hijo Hunter Biden, calificado como un “asesino pederasta” de niños ucranianos y chinos sin que haya sido juzgado…







 

lunes, 1 de marzo de 2021

¿Qué Estados Unidos vuelve con Biden?

 Joe Biden

  El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, se dirige a la nación desde la Sala Rosevelt de la Casa Blanca en Washington, DC, Estados Unidos, el 27 de febrero de 2021.

 

¿Qué Estados Unidos vuelve con Biden?

 

  • ¿Echaremos de menos a Donald Trump? Me temo que sí. El “contra Trump vivíamos mejor” empieza a definir bien lo que pasa
  •  
  • La política exterior de los EEUU es clara: impedir el surgimiento de una potencia que pueda cuestionar su hegemonía. 
  •  
  • Aquí no hay diferencias entre Trump y Biden
  • ¿Dónde está el problema principal de la geopolítica de la UE?
  •  No definirse sobre una gran cuestión estratégica: ¿se está de acuerdo con ir a un mundo multipolar?
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¿Echaremos de menos a Donald Trump? Me temo que sí. Por lo pronto, el “contra Trump vivíamos mejor” empieza a definir bien lo que pasa. Algunos supimos desde el principio que la belicista era Hillary Clinton y que el anterior presidente era otra cosa. Distinguíamos entre los efectos internos y externos de lo que sería su mandato.

 

 Se trataba de un repliegue proteccionista para definir una nueva estrategia ante una decadencia que parecía imparable y asegurar una hegemonía que era cuestionada en sus fundamentos. Como suele suceder con los populistas de derecha (el populismo es parte constitutiva del sistema político de los EEUU) una cosa son las declaraciones y otra las políticas que efectivamente se realizan.

 

Como escribí en su momento, me sorprendió en las últimas elecciones la fuerza y la consistencia del voto a favor de Trump. Se ha repetido hasta la saciedad que Biden ha sido el presidente más votado en la historia norteamericana; el segundo, el candidato republicano que tuvo enfrente, no se debe olvidar, una poderosísima coalición encabezada por los grandes medios de comunicación y una parte consistente del establecimiento económico-corporativo.

 

 El presidente saliente hizo mucho para perder: amenazó demasiado, gestionó mal la maquinaria del gobierno, maltrató a los aliados y, lo peor, subestimó hasta la estupidez la pandemia y sus consecuencias sociales. Aún así, hubo una votación especialmente significativa, una militancia movilizada y una propuesta sólidamente insertada en la sociedad. Trump no será flor de un día.

 

La política exterior de los EEUU es clara desde la disolución del Pacto de Varsovia y la desintegración de la URRS: impedir el surgimiento de una potencia que pueda cuestionar su hegemonía. Aquí no hay diferencias entre Trump y Biden; la divergencia tiene que ver con la estrategia y con el factor tiempo, mejor dicho, con el uso de los tiempos. 

 

El ex presidente nunca definió con rigor su propuesta geopolítica: señaló con precisión al enemigo existencial (China); exigió de los aliados un alineamiento sin condiciones, aceleró el rearme y puso en cuestión unos organismos multilaterales que ya no eran funcionales.

 

 

Su gran error fue Rusia: no fue capaz establecer políticas que propiciaran unas relaciones más equilibradas con Occidente y más autónomas de China. La razón última tiene mucho que ver con la presión de los demócratas, la posición cerrada de la OTAN/UE y el grupo de los países de la “nueva vieja Europa” nucleados por los países del grupo de Visegrado.

 

 Hay un dato a no olvidar, a pesar de su brutalidad, tonos autoritarios y lenguaje belicista, Donald Trump es el único presidente de los EEUU en los últimos cuarenta años que no ha metido a su país en una nueva guerra.

 

Biden ha sido recibido como un salvador, campeón de la democracia y del multilateralismo. La expresión de moda es “Estados Unidos está de vuelta”. También aquí convendría hilar fino y no dejarse ganar por la propaganda.

 

 Antes ya se dijo, la posición del nuevo presidente es diáfana: se opondrá con todas las armas disponibles a la hegemonía de China en el hemisferio oriental; insisto, con todas las armas, incluida la guerra económica, tecnológica, cibernética y la militar más o menos híbrida o directa. 

 

La llamada “trampa” de Tucídides retorna porque nunca se fue del todo. Graham Allison le dedicó una excelente monografía, que, dicho sea de paso, andan estudiando los dirigentes chinos para elucidar si es posible gobernar la presente “gran transición geopolítica” para que no termine en un conflicto nuclear puro y duro.

 

La historia también retorna como conflicto entre las grandes potencias por el poder, por la hegemonía y, en este caso, por el mantenimiento de un marco institucional internacional que está siendo cuestionado por China, Rusia y, derivadamente, por un conjunto de países que ya no se sienten representado por él y exigen cambios profundos. 

 

 Las relaciones internacionales y la geopolítica tienen estas cosas. El declive de una superpotencia siempre está determinado por el surgimiento de un Estado o conjuntos de Estados que la desafían y la llevan a una crisis existencial. La dialéctica amigo/enemigo tiene aquí su territorio más preciso y singular.

 

 Este es el dato más característico de nuestra época. Sería bueno interiorizarlo para no caer víctima de la de la propaganda o de maniobras orquestales que terminan confundiendo la lucha `por los derechos humanos con la defensa de los intereses de la gran potencia de turno.

 

La estrategia Biden es a largo plazo, multidimensional, de desgate y contención. Lo más definitorio es que la nueva administración sabe que no puede ganar sola esta guerra; necesita aliados en un mapa de conflictos que hay que ordenar, coordinar y dirigir.

 

 Es realismo ofensivo en un sentido preciso: impedir, neutralizar, atrasar el despliegue de las potencialidades de China, de su fuerza económica-tecnológica, de sus capacidades militares, de su política de alianzas y, sobre todo, agudizar los conflictos internos hasta convertirlos en crisis de gobernabilidad. La democracia liberal como alternativa, el libre mercado como medio y la promoción de los derechos humanos al modo norteamericano.

 

 Se ha escrito sobre esto tantas veces y por tan diversos autores que da un poco de melancolía tener que recordarlo. La anomalía fue Trump; el poder es Biden. Para decirlo con el título de un libro de un conocido halcón republicano que terminó de asesor de Hillary Clinton: El retorno de la historia y el fin de los sueños.

 

 Lo que escribió Robert Kagan hace quince años lo está defendiendo la nueva administración y repitiéndolo sus portavoces en la Unión Europea. Es solo el principio.

 

El nombramiento de Josep Borrell como Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (toda una denominación) ha dinamizado mucho el empleo de conceptos y el desarrollo de políticas que tienen como finalidad mostrar que la UE camina hacia un tipo de organización muy parecida a un Estado.

 

 Términos como soberanía (económica, comercial, tecnológica, militar), autonomía estratégica, pilar europeo de seguridad y defensa como prioridad, desarrollo de capacidades propias político-militares. Todo ello en el marco de definición de nuevas herramientas y de nuevas políticas que refuerzan presupuestos militares, aplicación acelerada de las nuevas tecnologías a la industria de la defensa y de la seguridad. 

 

Que no haya debate público en momentos de pandemia y crisis económico-social dice mucho de hasta qué punto las cuestiones europeas están fuera del espacio público y, sería bueno tenerlo en cuenta, el gran consenso que concita entre las clases dirigentes, incluido el Gobierno de Pedro Sánchez. Una parte de los fondos-maná europeos terminaran ahí.

 

Borrell no se cansa de decir que la “autonomía estratégica europea” no implica ni ruptura con el vínculo trasatlántico, ni mucho menos, con la OTAN. Es más, reafirma que a mayor autonomía, más unidad estratégica con los EEUU y con la estructura militar común. La pregunta es pertinente: ¿qué significa la tan nombrada autonomía? Renegociar el papel de socio; ser tenidos en cuenta y ganar, ahora sí, autonomía estratégica. 

 

Hay un dato que no debe obviarse; a saber, que las críticas a Trump tenían que ver con su distanciamiento de la OTAN, con el desprecio a los aliados y con el convencimiento de que, a la hora de la verdad, no sería un aliado fiel, o sea, que no aplicaría el artículo 5º del Tratado. Marruecos tan cerca y tan lejos.

 

¿Dónde está el problema principal de la geopolítica del Unión Europea? No definirse sobre la gran cuestión estratégica de las próximas décadas: ¿se está de acuerdo con ir a un mundo multipolar?, ¿se quiere protagonizar como sujeto autónomo esta transición decisiva? Las dos cuestiones son una: tomar una decisión política fundamental en un mundo que cambia aceleradamente. Desde el principio, no confundirse. 

 

Defender el multilateralismo no significa apostar por un mundo multipolar. Son conceptos claramente diferenciados. El multilateralismo es un modo de organizar la hegemonía por parte de la potencia dominante, un modo de ordenar las relaciones internacionales, de hacerlas previsibles y reducir la complicidad de un mundo dominado por la anarquía. 

 

La multipolaridad es un proceso de (re)distribución del poder entre grandes potencias que llevan implícito una reordenación jerárquica entre las mismas. Es decir, conflictos básicos, guerras de alta y baja intensidad, fracturas político-culturales. Poder como bien cada vez más escaso y en disputa permanente.

 

La línea de demarcación es muy precisa: EEUU se opone radicalmente a un mundo multipolar. La gran transición geopolítica que estamos viviendo romperá con las reglas de juego, la correlación de fuerzas y la hegemonía en la que ha basado su dominio.

 

 La verdadera autonomía de la Unión Europea sería colaborar activamente a esta gran transición con el objetivo de asegurar un nuevo orden más justo, democrático y pacífico. Eso implicaría desconectar de la OTAN, definir nuevas alianzas y reglas adecuadas para una arquitectura mundial inédita. Temo que este no será el camino.

 

 

 Fuente:Cuarto Poder

 

 


 

jueves, 21 de enero de 2021

De Lincoln a Trump: las frases de los discursos de investidura de los presidentes de EE.UU.

 

 De izquierda a derecha: los presidentes de Estados Unidos, Abraham Lincoln, John F. Kennedy y Donald Trump

De izquierda a derecha: los presidentes de Estados Unidos, Abraham Lincoln, John F. Kennedy y Donald Trump

 

De Lincoln a Trump: las frases de los discursos de investidura de los presidentes de EE.UU.

 

Todos y cada uno de los 46 jefes de Estado han aspirado a pasar a la posteridad con sus primeras palabras tras tomar posesión

 

En un país tan apegado a los ritos y las tradiciones como Estados Unidos, el inaugural address, el discurso de la toma de posesión,guarda un lugar especial en la historia. Quien más quien menos, todos y cada uno de los 46 presidentes de Estados Unidos -desde el primer jefe de Estado, George Washington hasta el último inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump- han aspirado a pasar a la posteridad con sus primeras palabras pronunciadas después de jurar el cargo. 

 

Algunos din duda lo han conseguido. Ahí está el discurso de John F. Kennedy en 1961, uno de los más cortos con sus 1.355 palabras de duración, compuesto por frases y palabras cortas.  O el de Abraham Lincoln en 1865, al asumir su segundo mandato con un país asolado por la guerra civil que había asolado el país. El presidente eligió dar un mensaje de generosidad y concordia cuando muchos de sus seguidores le pedían que jurase venganza y castigo a los confederados. 

 

También quedó grabado en la historia, por otras razones, el discurso hace cuatro años de Donald Trump, dibujando un Estados Unidos apocalíptico y erigiéndose como el líder salvador que iba traer de vuelta el orgullo de ser americano. 

 


 

 


 

Biden, túneles y luces

 

 

 

A salvo de la furia alucinante de Donald Trump, en Europa no se sienten obligados a disimular mucho cuanto piensan de quien se tomó libertades tan exageradas como su petulancia, en lo tocante a las relaciones internacionales. Llaman, en principio, y ante los imperios de la necesidad sanitaria y económica actuales,  a relanzar los nexos múltiples  entre Washington y Bruselas.

 

Posiblemente el prototipo de mayor precio y notabilidad sobre  el relativo distanciamiento a los dos lados del Atlántico, lo dio Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, país que por paternidad y tendencias, ha sido valedor y hasta cómplice de lo emprendido desde la Casa Blanca. El conservador británico, conceptuado como el principal aliado de Trump en el Viejo Continente, es uno de los gobernantes que reconoció como presidente a Joe Biden en cuanto el Colegio Electoral dio su dictamen a mediados de diciembre, aunque Trump estaba litigando esa realidad.

 

Después, coincidiendo con la investidura del presidente número 46 de los Estados Unidos, dio énfasis a su reconocimiento, subrayando la inmediata disposición a conjugar “los intereses comunes entre ambos países en materia de defensa, seguridad, la custodia de la democracia y el cambio climático”. Londres aparece confiado en la buena fortuna de un trabajo inmediato e íntimo, con la nueva administración norteamericana para espolear valores comunes.

 

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, envió mensaje parecido a Joe Biden, pero proponiendo un nuevo "pacto fundador" de las relaciones bilaterales. Solo el calificativo indica que se consideraban rotos o muy estropeados los vínculos entre los dos bloques.

 

"Hoy –dijo Michel este 20 de enero - es una oportunidad para revitalizar nuestra relación, que ha sufrido mucho en los últimos cuatro años, en los que el mundo se ha vuelto más complejo, menos estable y menos predecible".   "En el primer día de su mandato, dirijo una propuesta solemne al nuevo presidente: construyamos un pacto fundacional por una Europa más fuerte, por una América más fuerte y por un mundo mejor".

 

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a su vez, consideró ante el Parlamento Europeo: "La jornada trae buenas noticias", aludiendo a Biden y mostrando confianza en el rescate de las extraviadas relaciones.

 

Otro político alemán, el presidente Frank-Walter Steinmeier, no ocultó su "gran alivio" ante el arribo de Joe Biden a la jefatura de EE.UU. Acentuó la percepción lenitiva que da el cese del intransitable ex mandatario que tanto irritó a su país y al resto de los mortales. Dio especial certeza al afirmar que ese sentimiento lo experimenta "mucha gente" en Alemania.

 

Steinmeier usó el saludo al flamante mandatario norteamericano y su regocijo ante la partida del anterior, advirtiendo lo pernicioso de la polarización y los populismos. Aseguró en específico su fe en la avenencia con el equipo que se estrena, considerando que en el futuro "las divergencias de puntos de vista no nos separarán, sino que nos harán buscar soluciones comunes de manera aún más intensa".

 

Los criterios germanos tienen fuerza por su poder económico-financiero así como por el influjo dentro de la Unión Europea, por razones de esa índole. Ángela Merkel, actual canciller, fue la más sincera y osada cuando tiempo atrás aludió a los excesos trumpianos, desde una ruda elegancia de la cual carece el defenestrado.

 

Alemania, por demás, es sede de la base estadounidense de Ramstein donde radica el cuartel general de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos en Europa. Fue el emplazamiento en 1983, de  los misiles nucleares Pershing II, que provocaron una de  las más extensas y mayores protestas del  movimiento pacifista. En distintos puntos de este territorio hay unos 35.000 soldados estadounidenses. Trump decretó el traslado de buena parte de esos efectivos hacia Polonia, más proclive a Trump que Berlín, aun cuando estratégicamente les convenga mantenerse donde están.

 

La confianza en la restauración de los nexos parte de las conveniencias de Washington y de las habilidades conciliadoras de Biden quien estuvo al frente del Comité de Exteriores del Senado, desde donde se distinguió como alguien capaz de conseguir entendimiento entre posturas enfrentadas.

 

Bajo la presidencia de Barack Obama Biden demostró eficiencia en el trato con otros gobiernos extranjeros, en especial con los principales socios europeos. Su índole de convencido multilateralista es bien apreciada por cuantos prefieren esa perspectiva en oposición a la exagerada unilateralidad de Trump y su proteccionismo exacerbado y poco conveniente en tiempos de globalización.

 

Las expectativas de la comunidad internacional parten de los desastrosos 4 años recién concluidos. Biden implica confianza hasta en la apetencia por un marco de relaciones diferentes, pues  la propia Europa comprobó que necesita mayor autonomía si no quiere verse de nuevo colgada de la brocha. Se me perdonará la irreverencia oportunamente ilustrativa.

 

Estados Unidos está obligado a recomponer su sitio en la arena internacional luego de esas rupturas o alejamientos desventajosos. El gobierno de Biden devuelve confianza y se cree posible un relajamiento de tensiones y alivios significativos.

 

Apenas jurar mandato, el nuevo jefe de estado decretó la reanudación de las obligaciones con el Acuerdo de Paris para protección del ecosistema planetario, y como primera muestra de su voluntad anuló la construcción del muy cuestionado oleoducto Keystone XL criticado por indígenas y grupos ambientalistas, dado que el crudo de las arenas bituminosas canadienses clasifica entre los más sucios del mundo y contribuiría a la crisis climática. Con movimiento similar ha dictaminado el retorno a la OMS organismo al cual ofrece colaboración en cuanto a las vacunas para inmunizar del SarCov2.

 

Fuera de esas muestras de prudencia, está por comprobarse el sitio que ocupará Estados Unidos en los grandes escenarios mundiales y si se procede a fondo al enmendar las peores decisiones de Trump, quien ignorante de sus desaciertos alegó poco antes de reincorporarse a la vida privada que “Hemos restaurado la fortaleza en casa y el liderazgo estadounidense en el extranjero. El mundo nos respeta de nuevo”. Obvio que se lo cree aun cuando hasta Benjamín Netanyahu se desmarca de él pese a los increíbles beneficios que le otorgara a Israel.

 

En esa zona del mundo Biden puede probar sus capacidades y voluntad política enmendando el dislate de su antecesor con respecto a Irán. Según anuncia, regresará al acuerdo nuclear con los persas. Algo parecido, pero en su propio contexto, prevé en relación con Cuba. Como no son los únicos países muy maltratados en el cuatrienio vencido, la tarea se plantea bien  fuerte. Y si como prometió, rescata el único acuerdo para el control nuclear con Rusia, habrá dado un paso en el camino de la prudencia, incluso si se mantiene hostil con Moscú. Otro tanto queda en suspenso en lo relacionado con las malogradas transacciones comerciales con China y tantos más.

 

El nuevo ejecutivo cuenta con profesionales experimentados. Eso puede ayudarle a recomponer -en parte- el mapa doméstico estadounidense y también el de la diplomacia, tan maltratada por Mike Pompeo, otro situado allende cualquier conveniencia o salud moral y quien, sin su mentor, queda al pairo.

 

Los retos son enormes y las reparaciones posibles, incluso si son parciales. Trump deja estructuras maltrechas y un ambiente emponzoñado en lo nacional y muy estropeado en lo externo. Es preciso ennoblecer aberraciones y malquerencias centuplicadas cuando la humanidad atraviesa un momento descomunal en términos sanitarios y económicos.

 

Que el inefable Trump haya dicho “¡nos veremos pronto!” suena, en medio de tanto, como una vil amenaza a cualquier posibilidad que por pequeña y limitada que fuere, sería preferible a su herencia.

 

Sin conjeturar excelsitudes de un sistema que no renuncia a su índole, del nuevo presidente sí se espera, un cambio de tono y rectificaciones indispensables. (“Repararemos nuestras alianzas y volveremos a involucrarnos con el mundo”, aseguró). Biden afirma que la democracia ganó al prevalecer por encima de las fatídicas experiencias que le anteceden. Tiene ante sí el tremendo desafío de confirmarlo.

 

 

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