Si entendemos que esto es un proceso iniciado en la abdicación, es
posible suponer que el Pacto a tres, el encargo pedido por el nuevo rey a
Sánchez, es la primera meditación que el Régimen ha hecho sobre sí
mismo y la Transición
La posibilidad de que el Pacto a la Naranja no sólo no
esté muerto, sino que sea un niño rollizo y cargado de futuro parece que
se está dibujando por encima de otras posibilidades. Con ello parece
confirmarse que la idea inicial de la cosa Pacto era fabricar un pacto
efectivo, que cerrara la crisis española en la línea contraria a su
apertura, en 2011.
El pacto, así, no es tanto un programa gubernamental
como una poética, que orienta a) un conjunto de acciones de gobierno en
un Estado sin soberanía --muy pocas; no sobrepasan lo dictado desde el
pack UE; no desaparece la contrarreforma del PP, pero se dulcifica en
sus aristas y en su vocabulario--, y que orientan también --y esto es
importante, quizás lo que más-- los límites y el estilo de una reforma
constitucional.
Tanto a) como b) son formatos asumibles para un PP que
aún no ha interpretado que necesita a) y b).
La actitud del PP, reacia
al Pacto, no es más, tal vez, que un conflicto en las élites, el sello
de una crisis de Régimen.
Lo natural es suponer que, no obstante, el PP
se sume al Pacto. Lo natural, por otra parte, es una lógica que ni
siquiera sucede siempre en la naturaleza.
La votación, la semana pasada, del Pacto en el Congreso,
ha tenido una función. Tal vez, dramática.
Evidenciar la marginación de
la política --el Pacto aspira a ser LA POLÍTICA, sus límites, así en
mayúscula, como antaño ese límite fue la Constitución, es decir, una
lectura reducida de ella-- a todo aquel que no cabe en su interior. A
saber: el pack 15M, y los nacionalismos no españoles. Si esto es una
refundación del Régimen --parece ser que lo es; es un intento de reforma
rapidita y por arriba--, la expulsión de los dos accesos a la crisis
política española --la democracia y el problema territorial-- es toda
una declaración de principios. Y una descripción del riesgo de la
operación.
Para estar seguro de que esto que les apunto es lo que está
pasando --están pasando, como siempre, muchas cosas a la vez, pero es
posible que la inteligencia del Régimen se esté ordenando hacia esa
dirección--, sólo falta una cosa. Lo dicho: la incorporación del PP al
Pacto, tal vez presidiendo, incluso, el Gobierno resultante, tras un ERE
honorable a Rajoy, ese hombre que en momentos difíciles bla-bla-bla.
Hasta aquí, la cosa no sólo no es nada del otro jueves. De
hecho, es una suerte de vía catalana hacia la contrarreforma. A escala
1:1, casi. La diferencia es la ausencia de elemento cohesionador. Ya
vendrá. Tal vez, el éxito de la operación depende del hallazgo de ese
catalizador. Por lo que veo, tendrá que ver con la Unidad Nacional y con
la palabra Reformismo. Tal vez, con la palabra Transición también.
Sí,
son conceptos menos sexis que, pongamos, República o Independencia, los
catalizadores del viaje a la austeridad sin protestas en Catalunya.
Serán mas sexis conforme se vayan desprestigiando las opciones de los
dos bloques marginados. Supongo que su desprestigio marcará la velocidad
de la formulación explícita del Pacto a tres. Por lo que he visto en
las portadas-papel de la semana, el desprestigiómetro va a toda
pastilla, y se está ensañando con la crisis de Podemos, difícil de
cuantificar --incluso de verificar-- y, por lo visto, más madrileña que
española. A pesar de toda la propaganda que se verterá al respecto, es
posible que, incluso, la cosa requiera tiempo. Es decir, nuevas
elecciones, enojoso trámite al que nos aboca la irresponsabilidad de
Podemos, las Confluencias e IU, que bla-bla-bla.
Los lectores de CTXT estarán familiarizados con esta
posibilidad/descripción. De hecho, la han leído aquí en varios de sus
colaboradores. Para formularla, simplemente hemos dejado de utilizar el
periodismo de declaraciones, hemos hablado con testigos, hemos
interpretado, y hemos pasado ocho pueblos de considerar que el
periodismo español consiste en defender las instituciones españolas de
cualquier cosa que señalen como amenaza. El periodismo consiste, más
bien, por cierto, en defender la democracia, que comúnmente es otro
negociado, y transcurre por otros derroteros. Desde 2011, la democracia,
por ejemplo, está más en la calle que en las instituciones.
Ignoramos
no obstante, o yo al menos lo ignoro, dónde ha nacido esta
operación/Pacto.
Sólo sabemos que en los tramos institucionales del PSOE
no se ha hablado del Pacto en estos términos programáticos,
refundacionales y marginadores. Algo, por otra parte, normal. En las
instituciones de los partidos, como se ve a diario en las páginas de
sucesos, no se fabrican ni tramitan las decisiones. Suceden en núcleos
más pequeños. Posiblemente, en estos momentos de crisis política, esos
núcleos están muy descentralizados, por decirlo de alguna manera, por lo
que se hace difícil y nebuloso explicar dónde suceden las cosas, lo que
es una parte importante de las cosas. Exemplum: se sabe que la
abdicación del anterior rey --para el Régimen, y esto también se sabe,
una solución satisfactoria, el punto final de la crisis política, y la
única gran medida a realizar-- vino al parecer mediada y propuesta por
Felipe González, en alguno de sus tramos más importantes.
Es posible
que, en ese momento, naciera como programa o idea de la consecución de
un Gobierno de Unidad Nacional --el Pacto es, básicamente eso, que con
el tiempo se ha denominado también Gran Coalición, vocablo que queda
menos Batalla de Inglaterra--, que guiara y adoptara las reformas en el
tramo que va de adaptar una Constitución que no existe en sus artículos
sociales ni su título territorial, y que es la poseedora de menor
soberanía de toda Europa --fija escaso control para la adhesión a
tratados internacionales, que es nulo para los tratados comerciales-- a
un Estado sin soberanía, incapacitado, por ejemplo, para elaborar sus
propios Presupuestos Generales del Estado, ese sitio en el que antaño se
elaboraba la política o, incluso, la socialdemocracia.
Si entendemos que esto es un proceso iniciado en la
abdicación --insisto, el momento en el que la élite del Estado consideró
salvada la situación--, es posible suponer que este Pacto es su segundo
movimiento. Y, por tanto, el encargo pedido por el nuevo rey a Sánchez.
Es decir, el Pacto es la Monarquía. Es su apuesta, es su futuro. O, al
menos, el jefe de Estado no ha dicho nada --es decir, no ha defendido-- a
los marginados de la nueva formulación del sistema. Es su apuesta por
la vida --su vida pasa, al parecer, por desvincularse del bando
democrático en este conflicto español y europeo de reformulación de la
democracia--. Se trataría de una apuesta formulada, por cierto, desde la
muerte.
El caso Nóos la ha matado. Algo, por otra parte, anecdótico en
un Estado en el que la Monarquía ha estado, desde el siglo XIX, más
muerta que viva y, sin embargo, reinando. Los chats de Letizia con López
Madrid dibujan, por otra parte, la sensibilidad de ese negociado en
esta crisis. Básicamente, esos mensajes son un sé-fuerte-Luis --en este
caso, un sé-fuerte-Lopezmadrid--, y una mirada simpática hacia el mundo
que queda reflejado en el caso tarjetas black. O el caso Nóos, otra región del expolio institucional.
El Pacto a tres, ese encargo es la primera meditación que
el Régimen ha hecho sobre sí mismo y la Transición. Lo que sugiere
cierta preocupación interna. También es un intento serio, y confiado y
seguro de sí mismo, de prolongar esta cultura del poder, y de unir su
futuro al de la reestructuración democrática que está viviendo Europa y,
más concrétamente, su Sur. Como cualquier actuación en el Sur es
también una situación de riesgo.


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