Luis Grañena
Un tertuliano y
panfletista que se siente odiado por encima de sus posibilidades. Tiene
manos de entomólogo malo, de escasa fiabilidad científica. Gusta de
crucificar con alfileres a sus interlocutores, de catalogarlos y
ahorrarse una mirada profunda en busca de matices. Pero a esa vocación
taxonómica de sus manos, más relacionada con la textura que con los
movimientos, se añade un tren superior de taxista que se queja en la
hora del bocadillo.
Gasta un pecho chulapo, unos brazos ágiles y unos
hombros castizos. Basta verlo en los debates. No descansa el peso del
cuerpo sobre la mesa y eso hay que admirárselo, su compostura no
comunica un gramo de pereza. Tiene una cadera y unas lumbares correctas
hasta la terquedad que lo elevan y le aportan una rectitud amuñecada.
Por ese motivo, es un tertuliano aéreo. Nunca clava los codos, a lo más
reposa los antebrazos en la mesa. Así, sus brazos están siempre
disponibles para el aspaviento.
Llegado este punto es necesario
recrearse en su espalda, porque Inda invierte grandes esfuerzos en
mantener su estatismo. No es una mera costumbre, él profesa una fe
inamovible en que mantenerse erguido e imperturbable dará solidez a sus
argumentos. Sabe que desvaría, que sus palabras son insustentables y
prejuiciosas muchas veces, y confía en el poder infalible de la postura.
En su discurso hay más física que idea. Las cuencas de los ojos se le
han juntado en el centro de la cara como consecuencia de leer poca
filosofía (o de haberla leído al revés).
El pelo revela muchas claves. Da la impresión de que le
nace todo en las patillas y de ahí se distribuye y se aplana y se peina a
lo largo y ancho del cráneo. Esas dos piezas gruesas estilo bandolero
expresan su autoconcepto profesional. Si lo miras de frente, las
patillas casi le ocultan las orejas: hay que ponerlo de perfil para
percibir bien esos pabellones colgantes como falacias. No se sabe si el
efecto es intencionado: me refiero a si tiene complejo de orejas… De
cualquier manera, le rodea la cabeza una brumilla capilar: pelillos
cortos, rizados, rebeldes; un aura de pelusa involuntaria que atesta un
duro golpe a su afán de pulcritud.
A Eduardo Inda uno se lo imagina
usando bastoncillos para la cera cada día y sacando con la punta de las
tijeras la pelusilla del calcetín que se engancha en la uña del dedo
gordo del pie, y luego mirándola mal y cuestionándola, acusándola de kale borroka.
Inda no es un periodista de orientación de partido, sino de inclinaciones personales, y eso le aporta credibilidad ante muchos espectadores que lo ven disparando trabucazos de una esquina a otra del arco parlamentario
Nada que decir de la profusión de canas a sus años: es lo que tiene tanto subir y bajar del Sinaí.
La frente es ancha, perfecta para la conspiración
futbolera o política. Inda no es un periodista de orientación de
partido, sino de inclinaciones personales (aficionado a las tramas), y
eso le aporta credibilidad ante muchos espectadores que lo ven
disparando trabucazos de una esquina a otra del arco parlamentario.
Al
margen de lo que quiera creer, se vende a sí mismo torpemente: a duras
penas consigue colar su imagen de espadachín del liberalismo español.
Quizás se deba a que no se le percibe un suelo ideológico. Sin emoción,
no hay ideología, y él demuestra tanta pasión como un calcetín de
ejecutivo.
Debe tener la misma temperatura corporal que un sacerdote
embalsamado.
Se ve obligado entonces, ante su incapacidad de armar sus
propias razones morales, a usar palabras totalizadoras, de esas que han
demostrado gran solvencia desacreditadora (“comunismo”, “totalitarismo”,
“demagogia”, “etarra”).
Habla siempre con la punta de la lengua y no le divierte
escuchar. Cuando algún interlocutor se explica, él se impacienta,
protesta, entrecruza los dedos y la boca se le mueve por dentro como si
tratara de localizar una de esas pielecillas de pimiento que se emboscan
en los dientes delanteros. Sus ojos saltan entonces de tertuliano en
tertuliano y vuelven a su órbita decepcionados. Siente una displicencia
tan sincera por las palabras de otros que le sorprende no encontrar más
muecas de desagrado entre los compañeros de plató.
Al defender sus opiniones, remata a veces con una caída de
párpados que desprende suficiencia (y ya se sabe que cerrar los ojos
mientras se habla es una forma de darse a uno mismo la razón).
Acostumbra a dirigirse más al moderador que a quienes le interpelan: no
hay que olvidar su vocación entomóloga, uno nunca dialoga con los
insectos a los que clava y clasifica, uno hace una cartulina de
escarabajos para mostrársela a otro y demostrar sus teorías. Sus
refutaciones siguen lógicas paranoicas, es maravillosa su habilidad
grapando datos y cortando a tijera, como quien dice, las piezas del
puzzle para que encajen.
Mientras se explaya sonríe con media cara. El
labio superior es retráctil: si hay dientes no hay labio y viceversa.
Ofrece dos modalidades de sonrisa: irónica o cerril, y en ninguna de
ellas aparece un toque amigable. Asiente y ríe con aire acusador como si
poseyera un saber secreto, como si fuera el amo de llaves del CESID.
Mientras tanto, la chaqueta del traje levanta un pliegue por detrás de
la nuca, una doblez escondida pero innegable.

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