Orlando Pulido
La Habana |
23 de
Marzo de
2016
Ha tenido que llegar Obama a Cuba para que
recordemos que ya nos falta hasta el gesto gratuito de la felicidad
espontánea y la algarabía por nada
Carlos Manuel Álvarez Rodríguez
Las fechas señaladas
son recesos que la historia suele tomarse para posar en la foto, como
una tregua que los acontecimientos se dieran a sí mismos. Obama quiso
visitar un país que en realidad nunca visitó y que nunca hubiera podido
visitar, porque el peso de su llegada siempre habría terminado
deformándolo. En algún momento nos volvimos una criatura demasiado
indefensa para un acontecimiento tan poderoso. Cuba se detuvo en el
instante del flash y ha sido como el muchacho atrapado in fraganti con el dedo en la nariz, ese gesto entre lo conmiserativo y lo vulgar.
Arreglaron ciertas calles (las imprescindibles), pintaron
algunas fachadas, despejaron portales, intentaron y en cierta medida
lograron contener la multitud, engalanaron el Latinoamericano y
sustituyeron a los aficionados habituales por trabajadores y estudiantes
con los méritos necesarios como para merecer un tiquetes de entrada al
juego de béisbol entre la carcomida, penosa selección nacional, y los
Rays de Tampa Bay, aunque más de un holgazán debe habérselas arreglado.
Ya en Cuba los vanguardias siquiera alcanzan para llenar las gradas de
un estadio.
Luego, apurados, pretendieron borrar la actitud diligente y
rebajaron la cobertura del acontecimiento en los periódicos nacionales.
Pero los cubanos sabemos que ese es justo el primer síntoma de los
hechos trascendentes: que lo minimicen en la prensa, que lo sesguen, o
simplemente que lo desaparezcan. De la misma manera, la señal inequívoca
de que algo no tiene por qué importarnos en absoluto es que ese algo
ocupe la portada del Granma o el cintillo titular del noticiero de las ocho.
Los más contumaces celadores políticos de la Patria nos
convidaron a que permaneciéramos alerta en el único momento en que no
había por qué estarlo, en el momento de la distensión. Estos fueron días
de estética, con una lluvia grácil como cortinaje de fondo y el retablo
atávico de una Habana fantasmal. Ningún habanero puede decir con
propiedad que ha vivido en la ciudad por la que la caravana de
encopetados autos negros transitó, como si nos la hubiera desfigurado el
desconcierto o, muy probablemente, el infatigable dolor.
Rebajaron la cobertura del acontecimiento en los periódicos nacionales. Pero los cubanos sabemos que ese es justo el primer síntoma de los hechos trascendentes: que lo minimicen en la prensa, que lo sesguen, o simplemente que lo desaparezcan
Algunos incluso sugirieron que no había por qué prodigarle
a Obama una obediente bienvenida y que tampoco debíamos desaprovechar
la oportunidad de plantarle cara y desafiarlo, algo que solo parece
comprensible si antes hubiéramos sido capaces de plantar cara y desafiar
a nuestros propios dirigentes, pero, como no lo hemos hecho, no tenemos
derecho ni moral para plantarle cara a nadie.
En vez de pedirles carisma, intención de diálogo, sentido
del humor a nuestros políticos, decidieron condenar el carisma, la
intención de diálogo, el sentido del humor de Obama, y reprocharle el
atrevimiento de ciertos atractivos; interpretando literalmente, quién
sabe a través de qué manual, su agilidad o ingenio como estratagemas
colonizadoras. En vez de aceptar su duelo, le recriminaron que no
hubiera sido disciplinado, yerto y protocolar.
Pero el pueblo fue, una vez más, irremediablemente
hechizado. Comida nunca tuvimos demasiada, ni prosperidad, pero la
presencia de Fidel Castro lograba arrancarle sonoros vivas, oleadas de
entusiasmo popular a los habitantes del gueto de Centro Habana. Ha
tenido que llegar Obama para que recordemos que ya nos falta hasta el
gesto gratuito de la felicidad espontánea y la algarabía por nada.
Para colmo, este 21 de marzo, cuando creíamos que lo
sabíamos todo, descubrimos con asombro que aún ignorábamos qué
presidente nos dirige. Raúl Castro, por esta vez, no despertó rabia o
esperanza, según corresponda. Tan inconscientemente sincero, despertó
conmiseración.
Un anciano absolutamente desentendido de lo que sucedía a
su alrededor, capaz de gastarse una bravata irrefrenable en la
conferencia de prensa y luego justificar descansadamente la ausencia de
ciertos derechos humanos en Cuba con la ausencia de ciertos derechos
humanos en otros países, o compensar la ausencia de ciertos derechos
humanos con la existencia de otros, como si garantizar algunos te
exonerara de cumplir los que no te conviene cumplir, o como si todo, el
destino nuestro, no fuese más que una ecuación que él despejara a
placer.
Ya no solo no sabemos adónde vamos, sino que ni siquiera
ellos saben adónde nos llevan, y no parecen preocupados por averiguarlo.
La disidencia política –cuya situación Obama pretende soliviantar, pero
que los disidentes no quieren que Obama soliviante– fue arrestada por
enésima vez, lo cual nuevamente nos obligó a cuestionarnos por qué el
gobierno no arriba a la fácil conclusión de reconocerlos y luego
preguntarles, astutamente, qué. La disidencia cubana es la única que se
permite no lanzar un programa político, no exponer un proyecto concreto
de país, y aun así seguir llamándose disidencia. Los atropellos del
gobierno, por supuesto, la sostienen.
Ya no solo no sabemos adónde vamos, sino que ni siquiera ellos saben adónde nos llevan, y no parecen preocupados por averiguarlo
Marchar, que los arresten, y que condenemos el arresto,
que es lo que el elemental sentido de justicia indica, no tendría, sin
embargo, por qué ser razón suficiente para considerarlos actores de
cambio. Queriendo negar el statu quo, la disidencia lo
reproduce en lo más esencial: no sentirse en la obligación de proponer,
aun mínimamente, una idea, un boceto, lo que sea, algo por lo que
tengamos que creer en ellos.
Es un duelo, el de los disidentes y los agentes del orden,
que ocurre al margen del país, parte del teatro mediático. El brazo
fuerte de la disidencia condena el levantamiento del embargo y, al igual
que el brazo estalinista del poder, apenas digirió la visita de Obama,
desconociendo así las altas cotas de aprobación ciudadana y admitiendo
su manifiesto desinterés por adaptarse al campo de operaciones o
conectar con la gente que presuntamente pretenden liberar.
(En un terreno político, y no moral, cabe preguntarse por
qué la disidencia se empeña en mostrar un gobierno capaz de violentar
físicamente, cuando hay muchos otros rostros torcidos del gobierno que
desenmascarar, pero no estrictamente ese. Unas horas de prisión, cuatro
mujeres verde olivo cargando a otra mujer de blanco, o tres agentes de
la seguridad prohibiéndole el derecho a manifestarse a un ciudadano, son
escenas que pueden despertarnos indignación y vergüenza, pero no son
los revulsivos que prenderán la mecha del altruismo entre cubanos que,
si algo saben bien, es que el mundo, afuera, es virulentamente más
cruel, y que todavía viven en un país seguro).
Con este gobierno, con sus contrincantes, y con el escaso
béisbol que nos queda, resulta comprensible que hayamos estado
dispuestos a prodigarle a Obama un poco de calidez, ávidos como estamos
de prodigársela al primero que converse con nosotros. El desamparo, la
tristeza, la sensación de orfandad con que a estas horas cargamos los
cubanos, no importa si expresada a través del sarcasmo, del espíritu
combativo o del exacerbado entusiasmo, solo son superados por el nulo
interés que el pasado domingo despertó el encuentro que Fidel Castro y
Nicolás Maduro sostuvieron.
No-noticia en no-periódicos. Merecida portada de la prensa nacional.
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Este artículo fue originalmente publicado en El Estornudo, alergias crónicas, una revista cubana independiente con la que CTXT ha establecido un acuerdo para intercambiar contenidos.

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