La dura
travesía por el desierto que han supuesto los casi ocho años de gobierno
de Mariano Rajoy nos habían hecho olvidar la capacidad de la progresía
cultural española cercana al PSOE para abochornarnos.
Solo han tardado
una semana en recordarnos la dura vida de la izquierda caviar en sus
burbujas burguesas de lecturas en diván y aguerrida lucha revolucionaria
frente a la pérfida hacienda.
Ángeles González-Sinde ha escrito un texto en el que muestra mucho más de lo que cree decir. El artículo era solo un lamento privilegiado, lágrimas de la gauche divine al
ver que no les dejan defraudar a Hacienda y que tienen que cotizar como
el vulgo profano e inculto.
Como una fontanera o un peluquero.
Pretendía denunciar la injusta vida del artista, un colectivo vapuleado
por la crisis como casi todos en tiempos pretéritos cercanos, pero le
salió una exaltación a la arcada ajena.
La burbuja de clase en la que
vive la izquierda champagne les impide ver que no es normal defraudar a
Hacienda, que no está bien, y que no todo el mundo lo hace fuera de su
círculo de relaciones.
“Constituir
una sociedad con la que facturar por los trabajos fue la alternativa de
muchos para tener un tratamiento fiscal más favorable y poder ahorrar en
los tiempos de vacas gordas, para vivir en los de vacas flacas. Eso no
es defraudar ni engañar”, decía la exministra de Cultura que llamaba
delincuente a todo aquel que veía una película descargada.
Después de soportar el texto de Sinde con bochorno, leía cómo el Ministerio de Hacienda había
advertido a profesionales de cualquier tipo que no importaba lo que
ganasen al mes o que facturasen menos del salario mínimo: tienen que
darse de alta en autónomos y pagar su respectiva cuota.
Aunque la cuota
de autónomos supere a lo que ganes y factures.
Muchos de esos
profesionales que tienen la misma estabilidad laboral, ausencia de ella
más bien, que los trabajadores y trabajadoras de la cultura de los que
habla Sinde seguramente no ven bien que un ministro que cobre 800.000
euros en tres años pague 21.000 € después de que hiciera trampa hasta
para deducirse los gastos de mantenimiento de la casita de la playa.
Esa
“jauría” trabaja mucho, posiblemente más que todos estos insignes
próceres de la alta progresía, y paga sus impuestos sin hacer trampas.
Desde su atalaya es posible que no los vean, pero están ahí, pagando más
impuestos de los que usted quería pagar facturando más de diez veces
menos. Y sin llorar.
Los lamentos
y quejíos de los BoBos de Huerta y Sinde dicen más de ellos que de lo
que pretenden denunciar. BoBos, como llamaban en Francia en los años 80 a
esa izquierda caviar que reflejaba en sus textos, películas y discursos
al lumpen como el explorador colonial del XIX que iba a la selva a
descubrir nuevas especies animales.
BoBos, como acrónimo de bohemios
burgueses. No se me solivianten que no es que haya sacado el barrio,
solo una descripción sociólogica de clase. De la clase a la que
pertenecen aquellos progresistas que lloran por tener que pagar
impuestos como los pobres y no como la elevada clase a la que su
espíritu merece pertenecer.
Y de hecho pertenece. Es triste que a estas
alturas haya que recordar que la izquierda defiende que la fiscalidad
tiene que ser progresiva para que los que más ganen paguen más impuestos
que garanticen derechos sociales a los que menos tienen.
Es posible que
cuando les toque pagar un 48% de IRPF se les olviden
los preceptos fundamentales de la izquierda y sus valores, pero créanme
que todo aquel que paga un 2% de IRPF por lo exiguo de su sueldo querría
tener que pagar ese 48% que ustedes combaten por defraudar.
Existe un
pequeño texto del ácido novelista y ensayista G.K Chesterton que sirve
para describir de manera quirúrgica a estos seres de luz que intentando
desnudar a la jauría solo consiguen quedarse en cueros ante la
audiencia.
El brillante relato responde al nombre de “Los novelistas de los barrios pobres y los barrios pobres”.
En él el autor inglés expresa lo que ocurre cuando los novelistas
acuden a narrar las vicisitudes vitales de la gente con escasos
recursos, cómo lo que pretende ser un relato fidedigno de la vida entre
la escasez material acaba siendo una autodescripción de las propias
carencias para desprenderse de la mirada de privilegio que lo acompaña.
“La novelas a
las que nos referimos no dan cuenta de la psicología de la pobreza, dan
cuenta de la psicología de la riqueza, y de lo que esta experimenta
cuando entra en contacto con la pobreza. No son un auténtico retrato de
la pobreza, son apenas una sombría y terrible descripción del estado de
quienes van a visitar los barrios pobres”.
La izquierda caviar sufre
estos síntomas cuando abandona la burbuja en la que vive y entra en
contacto con la plebe que paga IRPF, la llama jauría para describirla y
acaban dando cuenta de su propio retrato burgués.
No hay comentarios:
Publicar un comentario