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sábado, 12 de agosto de 2017

¿Turismofobia o dignidad?


España es un país de servicios. Un inmenso parque temático orientado al exterior. Barato, bonito, seguro, solícito y con un clima envidiable. Tanto es así que se estima que cerraremos 2017 con más de 83 millones de visitantes extranjeros, y eso nos convertirá en el primer destino mundial de turismo, en el país más visitado (y disfrutado) del mundo.


¿Qué suerte la nuestra, verdad?


Bueno, vamos a ver, porque sin pormenorizar mínimamente, esta realidad de récord no dice mucho. Francia y EEUU son los otros dos países que comparten clasificación como los países más atractivos para los turistas, y son grandes potencias económicas ¿no?


Y aquí es donde hay que hacer hincapié en la primera y fundamental diferencia: ¿Cuánto se ingresa por cada turista extranjero en los diferentes destinos?


Puede resultar una sorpresa, pero en España se ingresa por turismo extranjero una cantidad algo superior a la que ingresa Francia, aunque los países que más ingresan por este concepto son EEUU (casi el triple que España) y China (el doble).


¿Cuánto tiempo pasa el turista en cada destino?


Esta es la explicación a los ‘bajos’ ingresos de Francia. El número de pernoctaciones anuales totales en el país vecino es la mitad que en España con los datos oficiales de la OMT. Y ojo, porque este dato es solo de establecimientos hoteleros.


Sin contar con los ‘pisos turísticos’ y demás tipos de alojamientos cada día más de moda entre los turistas con menor poder adquisitivo, y con los que la diferencia todavía se acentuaría más, España es ya con una inmensa diferencia el país con más pernoctaciones del mundo. Un 50% más que Italia y prácticamente doblando al siguiente, que sería nuevamente Francia.


Esto quiere decir que aquí es donde tenemos “siempre” más turistas extranjeros conviviendo con la población autóctona. Y a pesar de semejantes cifras, los ingresos por ese turismo con datos oficiales, suponen escasamente el 6,5% del PIB nacional.


Aquí radica el ‘problema’ del turismo, en que no somos un destino apetecible solo por nuestra gastronomía, espacios naturales, clima, cultura, arquitectura, seguridad o la sumisa permisividad con el visitante, algo que sí existe: somos el primer destino mundial de turismo porque esto es una mancebía donde se pone la cama.


Obviamente el turista no es principal responsable; de hecho se le reclama y defiende desde las instituciones y el mundo empresarial. El problema es que ya en los años 70 se decidió que España iba a ser lo que hoy es. Así que en los 80 se desmanteló la industria y se establecieron absurdos límites a minería, agricultura, pesca y ganadería, y se fomentó el ladrillo. Y aquí estamos, como campeones del sector terciario.


No, el turista solo es responsable de aprovechar una situación que él no ha creado, pero es al ciudadano al que ya no le alcanza con su salario para un alquiler, porque al propietario de un inmueble le resulta mucho más rentable alquilarlo a los turistas por días, y es el ciudadano el que sufre el despilfarro de agua potable del turismo, la contaminación y el que tiene que aguantar la masificación y la sonora ‘alegría’ del turista. 


Es el autóctono de clase obrera el que sufre la precariedad tan necesaria para mantener bajos los salarios que hacen que nuestros precios sean atractivos, y es el que tiene que pagar impuestos por encima de sus posibilidades para que las grandes empresas turísticas hagan su agosto todo el año.


Así que aunque no sea el principal responsable de la situación, sí es el eslabón más débil, porque es mucho más sencillo y efectivo ir contra él que contra el sistema. Y es la reacción lógica de la juventud de un pueblo harto de aguantar cabronadas.


No podemos pedir dignidad al camarero que tiene que alimentar bocas y pagar facturas, pero sí a sus hijos y a los hijos del resto; sí a los que aún pueden rebelarse. Es una forma de mostrar la inconformidad de un pueblo con el destino que otros le han dibujado. Nada comparable en gravedad con hacer cuatro pintadas y pinchar cuatro ruedas de bicicleta.


Es normal que los que ven peligrar el modelo de servidumbre con el que se hacen cada día más ricos juren en arameo con cada acción en contra del turismo. Lo que no sería normal es que los demás comprásemos su egoísta mensaje envenenado. El turismo aquí no es riqueza: es precariedad, sumisión, desigualdad y explotación. Así que no se trata de turismofobia, sino de dignidad. Y se agradece saber que todavía existe.


Tourist, go home.


 Paco Bello







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