sábado, 16 de julio de 2016

Apuntes sobre el peculiar papel del Ejército turco en la política interna del país

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El Ejército turco moderno hereda la tradición de un imperio, el Otomano, que duró más de medio milenio. Ahora es una fuerza de más de un millón de efectivos, la segunda mayor de la OTAN, organización en la cual está integrada desde 1952. La Gendarmería y los guardacostas también están subordinados al Ejército en tiempos de guerra. En términos prácticos, los turcos se consideran en una guerra permanente en los territorios orientales, donde mantienen un enfrentamiento con los kurdos del PKK, y recientemente con los yihadistas del Estado Islámico.


El Ejército turco moderno se fundó tras la caída del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial y la aparición de la actual Turquía. Además de la defensa del país, las fuerzas armadas se consideran guardianes de los principios del nuevo Estado turco y del legado del fundador de la República, Mustafá Kemal Atattürk. Las Fuerzas Armadas han intervenido en política mediante golpes de Estado en 1960, 1971 y 1980.


Al contrario de lo que ocurre en otros países, la ciudadanía turca tiene un alto concepto de sus militares. Entienden que ellos actúan como freno a distintas ansias dictatoriales del poder político. Por otro lado, garantizan el principio de laicidad con que Mustafá Kemal Atatürk fundó la nueva República. Constituyen, por tanto, una institución respetada y admirada entre la población, precisamente por su papel de garantes de la democracia.


De hecho, en su comunicado leído ante las cámaras de televisión este viernes para justificar el golpe, los militares aludieron a su voluntad de frenar “la agresión al imperio de la ley y a la democracia secular por parte del actual gobierno” de Erdogan, cuyos gestos de contenido religioso han causado profundas molestias entre miembros destacados del Ejército.


Aunque en un primer momento, la aparición de Erdogan fue vista con benevolencia por buena parte de la población, sus actuaciones autoritarias posteriores han causado una fuerte contestación en importantes sectores de la opinión pública, que ha sido respondida con recortes a la libertad de expresión. Además, ha impuesto una mayor presencia policial y militar en la sociedad, lo que se ha interpretado como un expresión clara de los ribetes autoritarios del presidente.


En este sentido, resulta complicado juzgar este movimiento militar desde los parámetros occidentales.

La tardanza de las instituciones europeas en pronunciarse contra el golpe hacen pensar que algunos observadores internacionales no consideraban la rebelión militar como una amenaza a la democracia en el país, sino como un freno al poder dictatorial de Erdogan.


Juan Bosco Martín Algarra



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