jueves, 17 de marzo de 2016

SON COMO LOS DEMÁS

Hace ya tiempo que escribí en este blog, cuando aún creía en Podemos, que. si les votaba y lo hice en las elecciones locales y autonómicas de mayo de 2015, lo haría para votar a la gente que les votase, porque creía que este país necesitaba una sacudida que sólo la gente que se movilizó en torno al 15-M le podía proporcionar. 
 
 
Del mismo recuerdo que también dije que no me gustaban Pablo Iglesias ni el "culto a la personalidad" que flotaba en torno a él. Hoy añado, entonces no me atrevía, que tampoco me gustan su "buenismo" ni sus modos dentro del partido, más propios de un reyezuelo que de quien pretende alcanzar la felicidad para los ciudadanos, que ese debiera ser y por desgracia no lo es el fin último de cualquier político.
 
 
Tampoco me gustaban, ni me gustan, las liturgias ni los gestos, siempre exagerados, con que Iglesias y sus compañeros adornaban cada uno de sus actos o sus comparecencias. Esas ruedas de prensa con la "guardia pretoriana" formada a espaldas del líder, esos abrazos interminables, esa imagen que nos dan, más propia de futbolistas a punto de jugar una final, mientras entonan canciones ya trasnochadas a falta de un himno propio, ese entrelazarse sobre un escenario, esos besos, todos esos gestos me han dado siempre mucho que pensar y. últimamente, también me hacen desconfiar de sus intenciones.
 
 
Uno, que tiene ya muchos años y que, en los tiempos de facultad allá por los estertores de Franco y el franquismo, se acercó a la clandestinidad ha desarrollado un sexto sentido que le lleva a desconfiar del líder, de esos personajes que, cuando llegaban a nuestras reuniones clandestinas o a las asambleas, traían siempre una consigna o unos planes que no habíamos discutido entre todos y que venían de no se sabe dónde, para que todos los ejecutásemos. Y es que, en ese tiempo, quienes teníamos eso que llamaban "inquietudes" nos dividíamos en dos clases: los "organizados" y los que no lo estábamos.
 
 
De aquellos días recuerdo a dos de esos popes, primos, por cierto, a los que luego reconocí en algún cargo de la administración, mucho más "centrados" que entonces. Supongo que era lo que tocaba, que no cabía esperar otra cosa y que, al fin y al cabo, la sociedad necesita de gente "organizada", con sus ideas claras o aclaradas y sus ambiciones, capaz de mover la pesada maquinaria que, a su vez, mueva a la sociedad. Pero, insisto, a mí no me gustó y sigue sin gustarme, porque no me gusta el poder y, mucho menos, en mis manos o en manos de quien conozco.
 
 
Esa rémora que arrastro desde entones es la que, como digo, me hace desconfiar de todo aquel que lo tiene, el poder, o lo pretende. Y es ese estigma que me pone en guardia ante personajes como Pablo Iglesias, tan seguro de sí mismo y tan incoherente y contradictorio, tan cariñoso y tan duro al mismo tiempo, capaz de besar en la boca al sumiso, como de apuñalar en las sombras de la noche a quien no sirve o no le sirve.
 
 
Muchos me diréis que es eso lo que hay, que esas son las habas que cuecen en todos los partidos y en todas las instituciones que recorre el poder. De acuerdo, pero ellos nos habían querido convencer de que eran distintos, de que no tenían ni uno de esos gestos, tan obscenos, que abundan en los partidos de la casta. Me duró poco la ilusión, ya no les vote en las generales, y me alegro de haberlo hecho, porque haber dado mi voto a Alberto Garzón, no sé si a Izquierda Unida, me ha permitido contemplar con una cierta distancia y, por qué no decirlo, con, si no objetividad sí con el desapego suficiente para reconocer sus graves defectos.
 
 
Iglesias, que, creo, no tiene por encima quien le de consignas o le dicte planes, ha caído en todos y cada uno de los pecados de los que acusa al resto de partidos: ha obrado en beneficio de sus propios intereses, o al menos eso cree, ha intrigado dentro y fuera de su partido, ha fingido y finge amistades inexistentes, habla de amor y resuelve con dureza, dice una cosa y piensa la contraria, promete una cosa y hace otra y dice querer asaltar los cielos para nosotros y se va a tener que conformar con una triste buhardillita , aunque cerca del poder, eso sí.
 
 
Nos dijeron que eran distintos, que con ellos iba a entrar aire fresco en la política y, ahora, contemplo con pena que, en el fondo, son como los demás.
 
 
 

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