No sé si los países tienen alma. Si no la tienen, son
eso, desalmados. Y eso es lo que parece ser Europa con respecto a la
tragedia humana de los refugiados de la guerra de Siria e Iraq. Tragedia
que nos llega en imágenes. La “foto del año” de un hombre bajo una
alambrada de púas buscando escape para su familia. El niño Aylan Kurdi
ahogado en una playa de ese Egeo en que han perecido miles de seres
humanos.
La periodista húngara zancadilleando a un padre que huye con
su niña. Un albergue de refugiados en Sajonia ardiendo entre los
aplausos de los vecinos. El éxodo de cientos de miles de personas por
los caminos de Europa, rechazados por policías con perros, esperando
trenes a la nada, caminando hasta alcanzar fronteras cerradas donde
sufren vejaciones y violencia, especialmente en la Hungría del neonazi
Orbán.
26.000 niños solos por ese mundo hostil. 10.000 niños
perdidos de los que no se tienen noticias y se teme lo peor. Y cuando
llegan unos cientos de niños a la estación de Estocolmo y acampan
exhaustos, surgen enmascarados de la noche y los apalean. O en Helsinki,
donde matones patrullan las calles para “proteger a las mujeres”
pegando a cualquiera con mala pinta. O en Dinamarca, donde les confiscan
todos sus bienes y dinero al llegar. Para que se vayan. ¿Adónde? Porque
de los más de los 160.000 refugiados que acordó acoger la Unión Europea
tan sólo se ha aceptado a 500.
Las manifestaciones xenófobas se multiplican –Pegida
en Alemania, Frente Nacional en Francia, Liga Norte en Italia– mientras
una ola de islamofobia recorre Europa y entra en los gobiernos de
Finlandia, Dinamarca y Noruega.
Y aunque la canciller Angela Merkel
trata de recordar los valores europeos de solidaridad, está cada vez más
aislada en su propio país y en el conjunto de Europa, con excepción de
Grecia e Italia, que reciben a la mayoría de refugiados sin apoyo de sus
socios.
Schengen está puesto en cuestión y el
ultranacionalismo revela lo ficticio de la identidad europea, una
identidad sin más valor común que el euro.
Y cualquier incidente es
aprovechado para excitar a quienes definen su identidad por exclusión
del otro. Como en las abominables agresiones a mujeres en Colonia en
Nochevieja atribuidas falsamente a los refugiados: tan sólo tres entre
las decenas de juzgados, los demás son magrebíes residentes. Un machismo
violento que también sufren las mujeres en la Oktoberfest de Munich
mayoritariamente de manos de sus rubios compatriotas. Pero eso autoriza a
Charlie Hebdo a decir que si el niño Aylan hubiera sobrevivido, habría
sido acosador de mujeres. Ya no soy Charlie.
Y es que en el rechazo a los refugiados se mezcla la
reacción a tres grupos diferentes. Las minorías étnicas enraizadas en
Europa, muchos de ellos nacidos aquí y ciudadanos, como es el caso de
los cinco millones y medio de musulmanes en Francia. Europa no acepta
que es un espacio multiétnico para siempre. Y no aceptar la realidad
conlleva enormes peligros. El segundo grupo son los inmigrantes
laborales, que han contribuido al crecimiento económico, y especialmente
en España.
Más aún: son un factor necesario para limitar el
envejecimiento de la población y mantener la base demográfica de las
prestaciones sociales. Y cuando no hay trabajo vuelven a su casa, como
los 100.000 que han dejado España. Un tercer grupo, totalmente distinto,
son los refugiados de la guerra, una guerra provocada por Estados
Unidos y Europa que ha desestabilizado sus países. Huyen para salvarse
de los brutales bombardeos estadounidenses y rusos que están destruyendo
las ciudades sirias. No se detendrá el éxodo mientras dure la guerra.
El temor infundado es que con los refugiados lleguen terroristas.
Digámoslo claro. Los pocos terroristas que existen en
Europa están aquí, son en su mayoría conciudadanos nuestros
radicalizados por racismo de nuestras sociedades.
Ahora bien, ciertamente es un problema serio absorber
cientos de miles de refugiados en sociedades instaladas en su comodidad.
Angela Merkel ha propuesto iniciativas para ordenar la acogida. En
particular ayudar a Turquía, por donde pasan la mayoría, a establecer
campos provisionales en los que se pueda procesar la entrada a países
según cuotas y trasladarlos directamente a sus lugares de destino.
El plan incluye repatriar a Turquía a los que lleguen
ilegalmente. Campos similares existen ya en Grecia e Italia, pero en
condiciones precarias porque estos países no pueden asumir solos esa
carga. O sea, sin una política europea común, el caos resultante conduce
a la vez a miles de ilegales que llegan como pueden a campos temporales
que se hacen permanentes, como ocurrió con los palestinos expulsados
por Israel, y en los que se alimentará el odio y últimamente la
violencia. Pero la desunión europea hace fracasar cualquier plan.
Y esta tragedia humana pone en cuestión nuestra
capacidad de convivir. Porque lo esencial es que se trata de seres
humanos, nuestros hermanos de especie, y que lo que está en juego son
sus derechos como humanos. Eso es lo que recuerda el papa Francisco, que
una vez más se erige en autoridad moral y llama a la acogida, aunque
las jerarquías de la Iglesia católica no le siguen.
Hay, sin embargo, esperanza en la movilización
espontánea que ha surgido de la gente y que se manifestó el pasado
sábado en múltiples ciudades en Europa y cuarenta en toda España,
exigiendo humanidad a sus gobiernos y organizando redes de solidaridad y
acogida. Porque si Europa no es capaz de practicar sus proclamados
valores de solidaridad, no seremos capaces de convivir en un planeta en
el que solamente representamos el 16% de la población y donde hemos
perdido poder económico y político. O convivimos en la paz o malvivimos
en el miedo.


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