sábado, 6 de agosto de 2022

DE CUANDO YO FUI REPARTIDOR DE PAN. -MI MUNGIA DURANTE EL FRANQUISMO


 DE CUANDO YO FUI REPARTIDOR DE PAN. 

-MI MUNGIA DURANTE EL FRANQUISMO-. 

El pan era un artículo de consumo cuyo precio estaba regulado por el Gobierno de la Dictadura, por tratarse de un bien alimenticio totalmente necesario para satisfacer buena parte de las necesidades nutricionales de una población que en las décadas de 1950 y 60 seguía arrastrando las tristes consecuencias de la Guerra Civil.

 Y estando regulado por El Régimen, resultaba inconcebible que los mismos franquistas “echaran pestes” porque su consumo se hubiera extendido tanto, en detrimento de otros productos.

 Tal era el caso de nuestro “maestro” de la enseñanza primaria obligatoria, que nos repetía siempre la misma cantinela, de: <NO COMAN USTEDES TANTO PAN, QUE EL PAN ATONTA>. 

Imagino que lo diría porque algún tipo de interés le impulsaría. 

Y resultaba anacrónico y chocante, además, estando inmersa la población mayoritaria, como estaba, en una  gran penuria; quizás no ya precisamente en las entonces llamadas Provincias Vascongadas, pero sí teniendo en cuenta el mapa Franquista de la Península entera. 

 Fidela, la criada de Casimira, que aparte de otras labores domésticas tenía también la del reparto del pan producido por Isidro, quien de su jefa era el marido, subía todas las mañanas a nuestra casa, en el tercer piso, con un par de barras de las llamadas de kilo. 

Fuera invierno o verano, hiciera frío o calor, aquella mujer menuda y animosa, de tez sonrosada, de cabello negro, peinada con coleta, venía jadeante y sudorosa, y lo primero que hacía al entrar en la cocina, era servirse un gran vaso de agua fría del grifo de la fregadera, mientras intercambiaba con mi madre las novedades de la anterior jornada. 

Casimira, además del reparto que Fidela hacía, tenía una pequeña expendeduría de pan y algunos otros artículos complementarios, en el bajo de aquel edificio de una mano por planta, situado al otro lado de la calle y prácticamente delante de nuestra casa, en el que ellos vivían en el primer piso; mientras que los Zuloaga-Beitia lo hacían en el segundo; y la familia de Don Juan Escobal, el veterinario, en el tercero. 

El local de la tienda continúa allí, cerrado a cal y canto, junto al portal de acceso a las viviendas.

 Desde hace más de cincuenta años, otro bloque de viviendas, contiguo al edificio anterior, ocupa el espacio que hasta entonces llenaba la panadería de Isidro, bajo una tejavana, con su almacén de madera y harina, y su obrador de pan con su horno de leña. 

No sé cuál sería la razón por la que aquel verano, en que yo contaría con doce años, necesitaron de alguien más para la labor de reparto, pues fue solo aquel periodo de tiempo en el que precisaron de los servicios de alguien como yo. 

Pero lo cierto es que un buen día, a las seis de la mañana, me encontré empujando aquel carro de madera cargado de pan, junto a Fidela. 

Era un carro de color verde algo desvaído, con dos ruedas laterales delanteras y otra orientable central y trasera; una barra de asidero, a metro y medio de altura, detrás, que servía lo mismo para empujar que para tirar; y una tapa abisagrada levadiza desde un lateral, con una pieza de madera como trinquete, que cubría el compartimento de la carga, completaban el conjunto. 

Primero hacíamos la misma calle Zubiaga, desde la panadería hacia abajo, con la idea de aliviar un poco la carga; luego, con el mismo propósito, el área de “Cuatro Vientos” y las escasas casas que había entonces en la que más tarde sería la calle Neurketa (entonces del General Mola, en honor del cabecilla del fracasado golpe de estado de 1936, que dio lugar a la cruenta Guerra Civil).

  A continuación desandábamos el camino y ascendíamos de nuevo por Zubiaga, completándola, hasta llegar a Elorduigoitia, en donde no recuerdo que hubiese mucha clientela.

 Hay que tener en cuenta que en lo que luego sería la calle Arispetxu, paralela a Butroi Kale, había ya dos panaderías y en Berteiz otras dos, que con la de Isidro en Zubiaga, sumaban cinco en un radio de cien metros; y que en Elorduigoitia, no es que hubiera demasiados domicilios particulares que atender, ocupada gran parte de la calle, como estaba, por otros edificios: Cine Mungia, el edificio del Auxilio Social Juana de Castilla para niños sin hogar, el Asilo de Ancianos con su capilla, la Cooperativa Agrícola San Isidro, y hasta algún que otro caserío.

 Una vez atravesada la calle Elorduigoitia, ascendíamos por Ventades hasta el bar California, en el cruce de las actuales Trobika e Itxaropena.

 Y desde allí y hasta la zona de Sarrialde, pasando por toda el área de Goieta, había múltiples domicilios que atender. 

  Un par de días o tres bastaron para que yo memorizara los tipos de pan, tamaños y cantidades a surtir a cada casa, y a partir de aquel momento funcioné yo solo, durante dos meses, aunque la subida de Zubiaga, algo se me atragantaba.

  No recuerdo que yo hiciera ningún cobro, semanal ni mensual, por lo que imagino que sería Fidela la que los haría con la periodicidad establecida.

 Pero la cuestión es que fue una más de mis experiencias a las puertas de mi adolescencia.

 A falta de la imagen de un carro como el descrito, que acompañe a este texto, me decido por ofrecer la de un horno panadero de leña, que bien puede ser semejante a aquel del que Isidro se valía para sus hornadas en aquellas madrugadas.

 IBARGOEN.



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