miércoles, 23 de febrero de 2022

La corrupción guiando al pueblo

 

*La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix.

Hace tiempo que los madrileños decidieron echarse a la calle a hacer cuadros vivos de Delacroix, concretamente versiones libres de La libertad guiando al pueblo sólo que sin armas, sin las tetas al aire y con la bandera española en lugar de la francesa.

 Madrid en los últimos años ha visto a los cayetanos del barrio de Salamanca desempolvar las cacerolas, a los hosteleros clamando por más terrazas y al público en general pidiendo más cañas y más raciones de calamares.

 También es verdad que a veces los madrileños se ponen las pilas para intentar detener un desahucio, como sucedió hace unos días en Carabanchel, cuando dos ancianos fueron puestos de patitas en la calle después de más de medio siglo pagando el alquiler, pero entonces los antidisturbios hicieron acto de presencia de inmediato para enseñarles a los vecinos cómo se escribe la historia: a porrazos sobre el lomo de los pobres.

Los antidisturbios brillaron por su ausencia en la multitudinaria manifestación que tuvo lugar la mañana del domingo frente a la sede del PP en Génova: unos cuantos miles de madrileños que salieron a vocear consignas a favor de Ayuso y contra Pablo Casado y Teodoro García Egea, los dos hermanos univitelinos de la directiva que se hicieron un lío entre estatutos y declaraciones y no se atrevieron a cargar las escopetas y montar una sucursal de Puerto Hurraco. 

Mira que Casado se había disfrazado en los últimos tiempos de todo lo que cabe disfrazarse en materia de escenografía rural -ganadero, vendimiador, tractorista, pastor- pero a la hora de verdad le falló el pulso, le fallaron los cartuchos y le falló la pose de cazador de perdices.

 Al final la perdiz Ayuso resultó demasiado escurridiza para la técnica de asustaviejas de los dos hermanos y escapó indemne sin más impactos en el plumaje que un expediente informativo de fogueo y unos cuantos huesos de aceituna.

Lo más divertido de la charlotada del jueves fue ver a Casado y a Egea poniéndose por una vez de parte de la ley -o al menos de la vergüenza torera- al señalar la flagrante desfachatez que supone que un hermano de la presidenta se haya forrado a raíz de un contrato a dedo proporcionado por el gobierno de la Comunidad de Madrid en plena pandemia. 

Fue un error de bulto en el que la escopeta les estalló en las manos, no ya por no haber acudido a la Fiscalía en vez de encargar una investigación interna a una agencia de detectives prima hermana de Mortadelo y Filemón, sino por no haber calculado lo poco que le importan a su electorado las sospechas de corrupción generalizada, así lluevan sobres de dinero negro, mensajes de ánimo a Bárcenas, comisiones por mascarillas o sobrecostes estratosféricos en la construcción del hospital Zendal.

No está muy claro si, a pesar de su victoria en esta reyerta a cuchilladas y de la demostración de fervor madrilé, Ayuso saldría ganadora en el congreso de un partido que acaba de hacerse el harakiri en público y de sacarse los mondongos en vivo y en directo. 

Tal vez sea Núñez Feijóo quien más beneficiado pueda salir del choque de egos, precisamente por ofrecer un perfil discreto, conciliador, casi se diría un perfil político a la antigua usanza, sólo que los políticos a la antigua usanza parece que ya no pintan mucho en esta época proclive a la payasada, al victimismo y al disfraz. 

Miles de madrileños demostraron este domingo que les va la marcha y que les da todo igual: el robo, el cinismo, la mentira, la indecencia, la corrupción.

 Que Ayuso empezara su carrera política prestándole la voz a un perro era algo más que una metáfora.

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