Más a propósito que nunca: Under a government which imprisons any unjustly, the true place for a just man is also a prison (Con
un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el verdadero lugar
para una persona justa también es la prisión). Henry David
Thoreau, Sobre la desobediencia civil, en un pasaje en el que explica
que si la insumisión se generaliza, no hay gobierno que pueda con ella.
Estos no saben en dónde se han metido.
Su engreída y autoritaria incompetencia los ha llevado a propiciar el
peor escenario posible para sus intereses. Desconocen por entero el
terreno que pisan; pero lo pisan y con botas que parece ser con lo que
piensan.
Su cálculo es tan simple como
desvergonzado y, por supuesto, erróneo. “Sí”, dicen, “vamos a la terapia
de choque. Entramos a saco, desmantelamos las instituciones,
destituimos a los responsables. los encarcelamos y endurecemos el orden
público. Aguantaremos una campaña de una semana o diez días con
protestas callejeras. Luego, volverá la normalidad. Como pasó en el País
Vasco, con el encarcelamiento de Otegi. Normalidad y todos a preparar
las elecciones del 21D”.
Literalmente en la inopia. Cataluña y el
País Vasco, nada que ver. En el uno hubo violencia; en el otro ni una
brizna. Fin de la comparación. Ahora, calíbrese la respuesta social a la
agresión al autogobierno catalán en todos los niveles e instancias.
El problema es que estos estrategas del
triunvirato nacional creen que todo el mundo es como ellos, que están en
política por razones inconfesables en unos casos y perfectamente
inútiles en otros. Son incapaces de entender que alguien esté en
política por ideales, no por sobadas ideologías. Son incapaces de
entender que alguien vaya voluntariamente a la cárcel, como Thoreau, por
esos ideales cuando ellos, si lo hacen, es por dinero.
Por eso también están convencidos de que
el independentismo es cosa de un grupo de fanáticos e iluminados que se
valen de la mentira y la demagogia para sus protervos fines,
aprovechando la generosidad garantista del Estado democrático de
derecho.
Lo ven como una conjura. La jueza del caso lo describe como “una estrategia secesionista perfectamente organizada“,
como el compló de la pólvora, vamos. Un descubrimiento el de su señoría
que celebra alborozado El País: al aire la conspiración.
Una
conspiración explicada al detalle en el programa electoral de JxS en
2015 y que se ha pregonado a toda la rosa de los vientos (estos
catalanes no se conforman con los cuatro de siempre porque recuerdan els
quatre gats) durante dieciocho meses de hoja de ruta.
Delitos gravísimos se
escandaliza, horrorizado con mohines de cortesano el que fuera un
periódico.
Una pieza en la que habla de la justicia en España ante la
cual deben comparecer los responsables independentistas (ya no
el independentismo) y se le olvida decir que esa justicia no es
independiente, según los datos internacionales fehacientes. Fin del
debate.
No entienden absolutamente nada. Ya
están bajo vigilancia de la UE. A la próxima barrabasada, los
intervienen. Lo gracioso es que a ese no entender se les suma la
izquierda. Toda. La sumisa del PSOE ya está a las órdenes del capitán de
cuartel. La verdadera no sabe para dónde virar a fin de
hacerse notar sin suscitar la hilaridad. Les está pasando una revolución
por delante de las narices y no la ven.
Una revolución. Una ciudadanía
movilizada, muy motivada, con unas experiencias recientes que la
reafirman, estructurada, coordinada, en comunicación con sus dirigentes,
todo ellos en posiciones de combate no violento, pacífico, con gran
impacto simbólico. El exilio bruselense de Puigdemont ha
internacionalizado el conflicto a extremos insoportables para el
gobierno, sometido a estrecho escrutinio por diversas partes.
La
organización interna y externa de este movimiento funciona perfectamente
a través de las redes y el bucle redes-medios-redes. No es de extrañar
que la jueza se maraville de tan buena organización.
Lo entendería mejor
si considerara que se trata de una revolución, de un movimiento
independentista muy poderoso, apoyado probablemente por más de la mitad
de la población y al que ahora se ha dado la oportunidad de personificar
simbólicamente la liberación de Cataluña en la de los presos políticos.
Ramón Cotarelo | 03/11/2017


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