"Nosotros no queremos escribir de franquismo y esas cosas". Con esta
escueta frase, el Partido Popular rechazó la invitación de Público para
escribir una tribuna para este 20N, fecha del 41 aniversario de la
muerte del dictador Francisco Franco.
El PP, como Ciudadanos, Podemos,
IU y el PSOE, había recibido una solicitud de este periódico para que
trasladara a los lectores su "reflexión" y "lectura" de este
aniversario.
Todos aceptaron la invitación menos el Partido Popular, que no quiere
hablar de Memoria Histórica.
No le interesa. La única política de
Memoria de los conservadores, 41 años después de la muerte del dictador,
sigue siendo la del silencio, la obstrucción y la negación de la
evidencia. En una tribuna, como la que aquí se le ha ofrecido, los
conservadores podrían haber explicado por qué considera que los crímenes
del franquismo no constituyen crímenes de lesa humanidad, por qué
defiende que el Valle de los Caídos ya es un símbolo de reconciliación
nacional o que las víctimas del franquismo solo se acuerdan de sus
familiares represaliados cuando hay subvenciones.
En una democracia parlamentaria lo normal es el debate. Sobre todo
cuando las opiniones entre los grupos parlamentarios son tan diferentes y
cuando la opinión del Partido Popular es tan distinta a la del resto de
partidos políticos. En una democracia parlamentaria lo normal es el
respeto y cumplimiento de los Derechos Humanos de todos los ciudadanos,
la garantía de que todos podemos acceder a la Justicia en condiciones de
igualdad. Pero el PP no quiere oír hablar del tema. El PP prefiere el
silencio.
El silencio es el mejor compañero de viaje cuando lo que se quiere es
ocultar. Cuando se prefiere la ignorancia al conocimiento y cuando lo
que se pretende es que el legado franquista y su cultura política siga
campando a sus anchas. Leía recientemente un artículo de la Fundación
Yagüe, que preside la hija del conocido como 'carnicero' de Badajoz, que
la Ley de Memoria Histórica es "inconstitucional" porque el "régimen
actual es una continuación del régimen anterior" y, por tanto, no se
puede juzgar a sí mismo ya que supone "una vulneración flagrante de las
normas procedimentales de un Estado de Derecho"
A la Fundación Yagüe no le falta razón. Esta democracia es heredera de
la dictadura y en 38 años ha sido incapaz de desprenderse de esa pesada
losa. De mirar hacia atrás, de entender su pasado y poner remedio a los
atrocidades cometidas, a los silencios compartidos y a las decisiones
colectivas secuestradas. Ha sido incapaz de dar satisfacción a los
deseos y necesidades de verdad, justicia y reparación de una parte de la
sociedad.
Pero es más, la democracia que nació en 1978 ha sido incapaz de devolver
a los ciudadanos la capacidad de decidir asuntos básicos de cualquier
democracia, como por ejemplo bajo qué forma de Estado quiere vivir. Y
así, la única manera posible de sostener este edificio que se levantó
durante 40 años de dictadura y 37 de democracia, tal y como está
construido, es el silencio que propugna el Partido Popular.
Tal y como muestra la confesión de Suárez a Victoria Prego, la
Transición fue un período oscuro, de pactos entre élites y donde muchas
de las decisiones que se tomaron de espaldas a la ciudadanía aún hoy son
desconocidas. No es la intención de este artículo poner en cuestión a
la Transición, pero sí a la democracia y su capacidad de abrir e
integrar a todos los ciudadanos en la toma de decisiones. Ya es hora de
retomar todos aquellos temas que por culpa del "ruidos de sables" del
Ejército no se pudieron abordar.
Cuando no hay silencio, cuando se habla del pasado abiertamente y con
libertad, suceden cosas como la que vivimos en Guadalajara. La apertura
de la fosa común del cementerio de esta localidad y la publicidad que
tuvo el caso gracias a los medios de comunicación provocó que decenas de
ciudadanos pasaran por el cementerio durante las semanas que duró la
exhumación. Alrededor de la fosa, ciudadanos de todas las edades
compartieron lo que habían escuchado o vivido en sus casas cuando eran
pequeños.
Algunos descubrían allí mismo que su abuelo había sido
fusilado tras la Guerra Civil gracias al relato de una vecina del pueblo
con la que nunca se le hubiera ocurrido hablar sobre el pasado. Otros
entendieron mejor por qué en su casa nunca se hablaba de política y más
de uno se marchó a su casa con una concepción de la identidad de su
ciudad y de su país bien diferente.
La simple apertura de una fosa provocó el redescubrimiento de una parte
de la historia familiar y de una identidad colectiva que las autoridades
habían obligado a olvidar. Esto es, en definitiva, lo que no le gusta
al Partido Popular. Es el silencio lo que permite que el general
golpista Varela, por ejemplo, siga teniendo un monumento en su localidad
natal, que Queipo de Llano esté enterrada en la basílica de la Macarena
o que Manuel Fraga Iribarne sea considerado un padre de la democracia.
Pero la sociedad de 2016 ya no es la de 1978. La España que ahora nace y
comienza a manifestarse de diferentes maneras ya no tiene miedo a los
sables del Ejército ni a las amenazas desde el púlpito. La España que
nace, más allá de si se prefiere monárquica o republicana, quiere un
Estado del que no tenga que avergonzarse. Un Estado que no encubra a
torturadores como Billy el Niño, que no dé la espalda a las peticiones
de Justicia de sus mayores, que no sea paradigma de impunidad y cuyo
presidente del Gobierno no tenga la desvergüenza de decir en televisión
que no tiene claro que "sea cierto" miles de españoles no saben dónde
están enterrados sus abuelos y que no cree que el Gobierno "pueda hacer
nada para arreglarlo".
La España que nace no quiere tener vergüenza del Estado al que
pertenece. Y para eso hay que resolver el olvido sistemático a las
víctimas del franquismo, pero también otras vergüenzas históricas como
la posición española ante la ocupación de Marruecos del Sáhara
Occidental de la que España sigue siendo cómplice. España debe afrontar
sus problemas, sus fantasmas, su pasado. Debe hacer justicia y para ello
se debe hablar y debatir. Sin miedo. Sin cortapisas. Y sin agitar
fantasmas. No es casualidad que parte de los principios básicos de
aquellos generales fascistas que se sublevaron en 1936 sigan inamovibles
a día de hoy.
Partido Popular, el silencio ya no sirve.
Alejandro Torrús, en Público


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