jueves, 13 de junio de 2013

Un hombre ha matado a su mujer en Zaragoza, la ha descuartizado, ha intentado suicidarse.


El ordenador me da la noticia. Un hombre ha matado a su mujer en Zaragoza, la ha descuartizado, ha intentado suicidarse. El remordimiento, después. Al minuto me entero que en Jerez de la Frontera otro hombre ha matado a su pareja, ambos jóvenes, sin denuncias. Apuñalada. Insoportable.
 
La sangre  de estas mujeres no vale lo que un supuesto pufo fiscal de Messi. La cosa balompédica abre un programa de actualidad, se hace una hagiografía del deportista, se especula sobre sus propiedades mientras las mujeres muertas no aparecen por ninguna parte. Es difícil hablar de un descuartizamiento, será eso. Es mejor hablar del chico y sus problemas hormonales, ahora legales. Un espontáneo me remata: el fútbol es una devoción.  
 
Devotos de Mariano dirán que es una cosa gravísima, que lo estudiarán con prontitud, que habrá que trabajar en ello, que no hay dinero, pero que denuncien, se pondrán todos los medios… mientras a estas horas las familias las lloran, porque nada más pueden hacer.  Devotos marianos dirán que hay crisis de valores morales, que antes no pasaban estas cosas y que si los hombres tuviesen en el hogar un remanso de paz no estaríamos tan mal. Están tardando los que dicen que se investigan las causas, o que hubo algo que desencadenó, que él bebía, que tenía un carácter difícil…



Saludo a los que no hicieron nada para mejorar esta situación, los que liquidaron los programas de igualdad, adelgazaron presupuestos y programas en educación, protección, los que  cerraron casas de acogida. Deberían sufrir un fenómeno de empatía extrema y notar cada golpe, cada humillación, cada insulto, cada puñalada en su propio cuerpo. Así sabrían lo que ocurre fuera de su campana de cristal y darían pasos para dejar de sentir dolor, porque en días como hoy se les haría insoportable. Sentirían la indiferencia, se rebelarían contra quienes cuestionaran las vejaciones, las heridas, harían declaraciones inflamadas, salidas de las mismas tripas. Ahora tenemos casquería política de segunda, que habla de “escenificar” un acuerdo. Aquí no hay teatro que valga, esto es un cuerpo en una mesa de acero AISI 316, donde un médico cuenta las lesiones, las cataloga; esto es al menos una familia destrozada, un despliegue legal que puede que les arruine buscando una satisfacción prácticamente imposible. Aquí no hay trampa ni subterfugio. 
 
 
La conciencia de quienes tienen los medios para actuar se diluye mientras las matan un día tras otro. Hasta el sueño profundo, en la sensualidad de esa vida buena por la que tanto pelearon, obscena, irreal, confortable. 

...Menos mal que no tengo poder. 
 
 

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